Miércoles, 25 de Noviembre de 2020 | 21:15
Economía

¿Por qué muchos argentinos están esperando una devaluación?

Por mi actividad profesional y docente, converso a diario, (me comunico, porque, por esta pandemia, no veo a nadie desde hacen meses), con muchas personas que están preocupadas con la marcha de la economía. Y una de las preguntas que más se repiten es: ¿Puede venir una fuerte devaluación en breve?

 

 

La pregunta es tan recurrente y proviene de personas con intereses económicos y académicos tan diversos, que vale la pena detenernos a analizar las razones que dan origen a esta preocupación tan generalizada.

 

Una devaluación es la pérdida del poder adquisitivo de la moneda doméstica. Que se refleja claramente en una suba de precios, que no podemos adjudicar a las particulares modificaciones de la oferta o demanda de ciertos bienes. Sino, que por encima de todas estas variaciones, (que operan permanentemente, y transmiten información útil a los agentes económicos), actúa a manera de deslizamiento del valor de nuestra moneda hacia el barranco de la destrucción.

 

Esta cuestión tiene dos aspectos complejos. En primer lugar se distorsiona la información necesaria para una correcta y racional toma de decisiones, en la búsqueda de ajustar nuestros planes de negocios a las necesidades, patrones de consumo y deseos cambiantes de los consumidores. En segundo lugar, se distorsionan fuertemente las relaciones de precios entre unos bienes y otros. Entre insumos y productos. Entre bienes de consumo y sus sustitutivos alternativos. Entre bienes de producción y los bienes a que estos dan origen.

 

Todo esto altera muy fuertemente los resultados de los planes de negocios. Que han debido ser anticipados con precisión muy ajustada por los empresarios, en su rol de asignadores de recursos productivos. Es decir, que estas distorsiones destruyen el valor en las empresas, porque convierten en no rentables a proyectos de inversión que fueron concebidos cuando los precios relativos eran diferentes y estos planes de negocios, por lo tanto, sí eran rentables.

 

 

Pero esto que relatamos viene ocurriendo desde hacen meses. Si nos ponemos estrictos, viene ocurriendo desde hacen décadas. ¿Pero que es, en concreto lo que los ciudadanos de a pie estamos temiendo que ocurra en estos últimos días o semanas? La preocupación generalizada que desvela a muchos de nuestros conciudadanos es un sinceramiento de la relación de cambio entre el peso y las divisas extranjeras. Y me parece interesante detenernos en este punto, para clarificar el discurso y evitar ser manipulados. Porque es habitual escuchar que el dólar sube. Y muchos alegan que esto ocurre porque faltan dólares. Pero si intentamos adquirir cualquier divisa extranjera, euros, yenes, reales brasileños, observaremos que sus precios en pesos también han subido. Y que sus cotizaciones guardan estricta relación con el cociente entre sus precios en otros mercados del mundo. Por ende, no es el dólar el que sube. Es el peso el que ha perdido valor.

 

Y este deterioro en la relación de cambio de nuestra moneda, con cualquier otra divisa, que como decimos, todas cotizan contra el peso a precios que son estrictamente proporcionales a sus cross rates, es decir a sus relaciones de cambio recíprocas en otros mercados del mundo, (porque opera un arbitraje instantáneo, de operadores de cambio muy entrenados) es un deterioro que también puede verse en la cotización del peso contra otros activos, como el oro, o cualquier commodity agrícola de los de gran mercado en nuestro país.

 

¿Y porque es tan importante esta relación entre nuestra moneda y todas las demás divisas, que reflejan los precios de los distintos bienes y servicios que importamos y exportamos? Porque de ella depende el equilibrio de nuestra balanza comercial y la competitividad internacional de nuestras producciones exportables. Es decir que dado un nivel de productividad de nuestra economía, dado un nivel de eficiencia productiva de nuestras empresas, para producir ciertas cantidades de bienes y servicios con específicas cantidades de insumos, que pueden ser locales o importados, la variación de las relaciones de cambio entre nuestra moneda y las divisas extranjeras, vuelve a destrozar cualquier planificación y sistema de producción diseñado por los empresarios.

 

Entonces, nos preguntaremos: ¿Cuál debería ser la “adecuada” relación de cambio? ¿Por qué todo el mundo se pregunta si esta relación está por alterarse contra la cotización del peso? Queda claro que el equilibrio del tipo de cambio se alcanza cuando los operadores dejan de demandar divisas para importaciones, dado que el precio es demasiado elevado como para que los productos o servicios que intentan introducir, lleguen al consumidor a precios competitivos. Que es exactamente lo contrario de lo que se observa en este momento. Y asimismo, los exportadores ralentizan sus ofertas de divisas, cuando los precios que reciben en los mercados extranjeros les aportan unas cantidades de moneda extranjera (fijadas por los precios internacionales), que cuando se convierten a moneda local, al tipo de cambio imperante, no alcanzan a cubrir los costos de producción y la rentabilidad requerida, dado el nivel de riesgo asumido.

 

 

Por lo tanto, lo que está desvelando a nuestros empresarios, en estas últimas semanas es que el nivel de tipo de cambio no se exhibe como competitivo. Los llevaría no solo a exportar grandes cantidades de insumos, sino que, al abaratarse tanto, en relación a los costos internos, incrementados por la inflación reciente, hasta resulta conveniente importar el producto completo que producen, porque se consigue más barato que incurriendo en los costos de producirlo localmente.

 

Asimismo, los exportadores tienen que reducir a un mínimo su inversión en insumo y materiales, porque los pesos recibidos por la conversión de las divisas obtenidas por sus exportaciones no están llegando a cubrir sus costos de producción y logística. Cuando esta situación se generaliza de tal forma, no tiene sentido discutir con las autoridades económicas si el tipo de cambio es aún competitivo, a los niveles presentes, o si las exportaciones que todavía se realizan son un fenómeno inercial de liquidación de producciones a pérdida. Y hay una verdadera avalancha de solicitudes de importación.

 

La confesión del desequilibrio originado en una política cambiaria arbitraria y perjudicial para nuestras producciones llega de la mano del discurso oficial que restringe el acceso a las divisas para importar, y exhibe una caída inusitada de las reservas de monedas extranjeras en poder del banco central.

 

Institución que, a su vez, enfrenta una demanda creciente de divisas, ya no solo para importar para producir, sino en una verdadera estampida de ahorristas que buscan sustraer sus recursos de los mercados financieros a efectos de atesorarlos en divisas y no exponerlos a los riesgos de prestarlos para financiar la producción doméstica, ante la caída de los niveles de actividad de las empresas locales y el crecimiento inusitado de los índices de cumplimiento de las operaciones pactadas en los mercados de ahorro. Y todo este fenómeno es acompañado por la suba notoria de las tasas de interés, que indican una elevación de los niveles de riesgo. Todo lo cual mueve a los ahorristas a exigir una remuneración más elevada por su abstención de consumo presente.

 

 

Cuando aparecen todos estos indicios, que empresario, consumidores, analistas, banqueros y calificadores de riesgo observan permanentemente y que exhiben niveles de distorsiones tales que ya resultan muy familiares, para aquellos que ya han vivido experiencias de estallidos cambiarios, el futuro se torna previsible.

 

¿Hay un solo resultado posible, frente a toda esta situación descripta? No necesariamente: Pero está muy claro que la única forma de desactivar esta verdadera bomba cambiaria que se ha ido configurando, por la negativa a mantener liberadas las variables económicas que orientan las decisiones en una sociedad  que crece y prospera, es generar un shock de confianza, a partir del reconocimiento de una situación que es observada unánimemente. Y que requiere de una reducción de la presión fiscal, que recomponga la rentabilidad y competitividad de las empresas que pueden exportar. Y de aquellas que pueden producir con calidad y precio. Que permita que los consumidores sustituyan voluntariamente importaciones y no que lo hagan obligados por aranceles prohibitivos, que además, cierran el ingreso de nuestras mercaderías a los países discriminados por estas tarifas. Estas conductas son graves, porque los países afectados aplicarán impuestos como represalia. Lo cual seguirá agravando la escasez de divisas. Asimismo, deberán darse señales muy claras y bien determinadas de una reducción efectiva del gasto fiscal que libere recursos para el consumo y la producción privada que son el verdadero motor de la economía. Y permitan una reducción de la presión impositiva que reduzca los costos locales e incremente la competitividad.

 

En la medida que no veamos este tipo de medidas radicales, los argentinos seguiremos pensando que el ajuste de las variables distorsionadas por políticas cambiarias equivocadas, será inminente, repentino y muy fuerte.

 

Esperemos que todavía no sea tarde para aplicar los correctivos necesarios y dejar de alambrar las decisiones económicas que son materia de análisis de los empresarios y nunca de un grupo de funcionarios que se asuma como la elite iluminada  que pretenda manejar variables que dependen y condicionan las decisiones individuales de los ciudadanos que los han elegido.

 

 

Por Guillermo Luis Covernton.

Dr. En Economía, (ESEADE). Magíster en Economía y Administración, (ESEADE).

 

Revista Desafío Exportar

Fuente: www.NetNews.com.ar

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