Por qué comunicar también es exportar
La internacionalización de una empresa suele abordarse desde aspectos técnicos y comerciales: definición de mercados, requisitos, logística, políticas de precios o canales de distribución. Sin embargo, existe otra dimensión igualmente importante: la capacidad de una empresa para comunicar valor más allá de su país. Es justamente allí donde aparece una pregunta aparentemente sencilla, pero no siempre fácil de responder:
¿Por qué debería elegirte un comprador internacional?
Frente a esta pregunta, las respuestas suelen repetirse: “porque tenemos la mejor calidad”, “porque contamos con muchos años de experiencia”, “porque trabajamos con materias primas de primera calidad”. Pero ¿qué significa realmente tener “la mejor calidad”? ¿Es percibida de la misma manera en todos los mercados y culturas?
Un comprador debería elegirnos porque ofrecemos algo diferente y relevante para él. Pero existe una distancia importante entre afirmar que somos diferentes y poder demostrarlo. Esa diferenciación puede respaldarse con credenciales concretas: certificaciones, premios, alianzas, casos de éxito o clientes que ya confiaron en la empresa.
La diferenciación se declara menos y se demuestra más. Y aun así queda una pregunta fundamental: ¿eso que nosotros consideramos diferente es realmente valioso para el comprador que tenemos enfrente?
¿En qué momento sacamos al cliente del centro?
Cuando pensamos una estrategia para el mercado local, prácticamente nadie discute la importancia de poner al cliente en el centro. Investigamos qué necesita, cómo compra, qué valora y qué problema busca resolver. Sin embargo, cuando esa misma empresa decide cruzar una frontera, algo parece cambiar. El cliente comienza a correrse hacia un costado y el centro pasa a estar ocupado por otras preguntas: ¿qué arancel paga mi producto?, ¿qué requisitos debe cumplir?, ¿cuánto cuesta la logística?, ¿qué documentación necesito?
Todas estas variables importan y son indispensables para determinar si una operación puede realizarse. Pero que un mercado sea técnicamente viable no significa necesariamente que exista allí una oportunidad comercial. Si no existe un cliente dispuesto a elegir nuestra propuesta, o si ni siquiera sabemos quién es, qué necesita y qué valora, difícilmente esas ventajas sean suficientes para construir un mercado.
Construir toda una estrategia alrededor de variables técnicas, que además pueden cambiar, puede llevarnos a una suerte de miopía comercial: concentrarnos tanto en las condiciones de acceso que perdamos de vista a quien finalmente tiene que elegirnos.
Quizás, entonces, deberíamos ampliar las preguntas: ¿quién es nuestro cliente en ese nuevo destino?, ¿qué necesita?, ¿qué valora?, ¿qué problema podemos resolverle?
Cruzar una frontera no vuelve menos importante al cliente. Nos obliga a conocerlo nuevamente.
Internacionalizar no es traducir
Existe otra tentación frecuente cuando una empresa comienza a mirar hacia afuera: trasladar al nuevo mercado la propuesta que ya funciona localmente. Traducimos el sitio web o el brochure, convertimos los precios a dólares y comenzamos a buscar potenciales compradores. Pero traducir una propuesta no significa internacionalizarla.
Haber conquistado al consumidor argentino no garantiza que aquello que funcionó localmente genere el mismo interés en otro país. Cambian necesidades, hábitos, expectativas, códigos de comunicación y formas de hacer negocios.
Esa adaptación también puede obligarnos a revisar una pregunta anterior: ¿por qué queremos estar en ese mercado? No todos los destinos tienen que representar una gran oportunidad en términos de volumen o facturación. Un mercado puede ser estratégico porque permite construir posicionamiento internacional, ganar experiencia, generar antecedentes, aprender a operar fuera del país o simplemente pisar primero para construir desde allí.
Adaptar nuestra comunicación no significa perder nuestra identidad para parecernos al mercado al que queremos llegar. Significa entender las diferencias para encontrar la mejor manera de expresar nuestro valor en un nuevo contexto. En definitiva, internacionalizar una propuesta exige algo más complejo que traducir palabras: exige traducir valor.
Primero escuchar, después comunicar
Una propuesta de valor no se construye únicamente mirando hacia adentro. Para saber qué comunicar, primero necesitamos entender a quién tenemos enfrente. En el desarrollo comercial internacional, el desafío no es solamente encontrar empresas potencialmente interesadas, sino identificar a la persona que tiene una necesidad que podemos atender y, por lo tanto, una razón para escucharnos. Y ahí aparece una pregunta clave: ¿dónde aprieta el zapato? ¿Qué problema está intentando resolver? ¿Qué necesita mejorar? ¿Qué atributo valora especialmente? Recién cuando entendemos esas respuestas podemos determinar qué parte de nuestra propuesta puede resultar verdaderamente relevante.
Esto cambia la manera de presentarnos: en lugar de centrarnos en todo lo que somos y hacemos, podemos comenzar por aquello que aportamos al negocio de quien está del otro lado.
Un comprador internacional no necesariamente precisa conocer todo sobre nuestra empresa. Necesita encontrar una razón para seguir escuchándonos. Por eso, comunicar para exportar también implica escuchar. No para modificar quiénes somos según cada comprador, sino para identificar qué parte de lo que somos puede generar valor para él.
Volver a poner al cliente en el centro
Comunicar para exportar significa volver a poner al cliente en el centro de la estrategia internacional: conocerlo, comprender qué necesita, identificar qué valora y construir una propuesta relevante para él.
Internacionalizar también implica encontrarnos con otras culturas y formas de consumir, negociar y construir confianza: abrazar las diferencias en lugar de trasladar nuestra manera de hacer negocios a todos los mercados. Y quizás también valga la pena revisar una de las razones más repetidas para internacionalizarse: diversificar riesgos. Acceder a nuevos mercados permite reducir la dependencia del mercado local, pero también puede ser una oportunidad para ampliar el negocio: descubrir nuevos clientes, nuevas necesidades y otras maneras de generar valor.
Comunicar no es solamente contar quiénes somos o qué vendemos. Es escuchar, adaptar nuestro mensaje sin perder identidad, demostrar aquello que nos hace diferentes y construir relaciones comerciales duraderas.
Porque exportar no es solamente llegar a otros mercados, también es lograr conectar con ellos.
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