El Eje del Pragmatismo Autocrático: la ofensiva de Pekín y Moscú en América Latina y su desafío a la democracia
Por Dra. Constanza MazzinaDirectora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de UCEMA
El retorno de la geopolítica clásica ha disipado las ilusiones sobre una convergencia global hacia los valores del libre mercado y la democracia representativa. En su lugar, emerge un clivaje internacional profundo entre las democracias liberales y un bloque de potencias revisionistas dispuesto a reconfigurar el orden global. En este tablero, América Latina ha dejado de ser una periferia alejada de los grandes centros de disputa para convertirse en un escenario clave de penetración sistemática.
Lejos de responder a una afinidad ideológica rígida, esta avanzada se sostiene sobre un pragmatismo autocrático coordinado: una alianza de conveniencia cuyo objetivo estratégico es erosionar las reglas del orden basado en reglas y expandir su propia esfera de influencia.
Los instrumentos de la penetración: infraestructura, finanzas y espejismos de desarrollo
El avance de China en la región se despliega principalmente a través de la diplomacia económica y la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Mediante créditos opacos, inversiones masivas en infraestructura crítica y el uso estratégico de swaps de monedas, Pekín genera vínculos de dependencia asimétrica. Sin embargo, la promesa de desarrollo encubre con frecuencia graves deficiencias operativas y mecanismos de captura institucional.
Casos emblemáticos en la región ilustran el reverso de esta cooperación. En Bolivia, proyectos hidroeléctricos y viales ejecutados por empresas estatales chinas han estado plagados de cuestionamientos sobre opacidad contractual, retrasos crónicos y fallas estructurales que comprometieron su operatividad al poco tiempo de inaugurarse. Un patrón similar se ha observado en Ecuador, donde megaproyectos de infraestructura financiados con créditos condicionados a la contratación directa de empresas chinas —como la represa Coca Codo Sinclair— sufrieron fisuras tempranas, sobrecostos millonarios y severas controversias ambientales, dejando al Estado deudor y con activos sobrevaluados de dudosa eficiencia.
Por su parte, Rusia opera con una lógica de poder asimétrico y disruptivo, aprovechando los intersticios de la región para proyectar influencia a bajo costo. A través de la profundización de alianzas con los regímenes autocráticos del continente, Moscú despliega un manual de guerra híbrida que incluye la desinformación sistemática, operaciones de influencia digital y el respaldo a estructuras de seguridad opacas. Su objetivo no es el desarrollo económico, sino la creación de cabezas de playa geopolíticas diseñadas para hostigar a las democracias occidentales, fundamentalmente, al vecino más cercano, Estados Unidos.
Más allá de las autocracias: el pragmatismo en las democracias latinoamericanas
Un error analítico frecuente es suponer que la penetración de Pekín se limita a los regímenes iliberales que le sirvieron de puerta de entrada inicial en el siglo XXI. El rasgo más sobresaliente de la estrategia china actual es su profunda transversalidad: ha logrado entablar densas redes de interdependencia económica y tecnológica con las democracias de la región, adaptando sus incentivos a las urgencias fiscales y políticas de cada gobierno de turno, independientemente de su signo ideológico.
Argentina: mantiene una relación profundamente condicionada por la necesidad de reservas internacionales, donde los sucesivos gobiernos han recurrido de forma sistemática a los swaps de monedas con el Banco Popular de China y han tolerado espacios de soberanía opaca, como la estación de espacio lejano en la Patagonia.
Brasil: principal socio comercial de Pekín en la región, equilibra su tradicional autonomía diplomática con una inserción subordinada a las cadenas de valor de materias primas, mientras enfrenta presiones crecientes para integrar infraestructura crítica digital y energética bajo el paraguas chino.
Chile: históricamente pionero en tratados de libre comercio con el gigante asiático y principal destino del cobre sudamericano, experimenta una compleja tensión entre su dependencia exportadora y la necesidad de blindar su infraestructura estratégica y portuaria frente a la creciente presión geopolítica global.
Perú: simbolizado por la megaobra del puerto de Chancay, se perfila como un nodo logístico fundamental para la proyección comercial china en el Pacífico sur, operando bajo esquemas de propiedad y regulación que replican los riesgos de enclave y pérdida de soberanía efectiva.
Uruguay: ha intentado de manera persistente negociar un acuerdo comercial bilateral al margen de las restricciones del Mercosur, reflejando la urgencia de sus sectores exportadores por asegurar mercados, a pesar de los reparos geopolíticos que esto genera en la estabilidad regional.
Colombia: Ha experimentado un giro diplomático significativo bajo la administración de Gustavo Petro, quien formalizó la adhesión del país a la Iniciativa de la Franja y la Ruta y estrechó vínculos políticos y comerciales con Pekín —incluyendo encuentros de alto nivel con Xi Jinping— en un contexto de tensiones con Washington, buscando reducir el déficit comercial y abriendo la puerta a una mayor participación de empresas estatales chinas en infraestructura y tecnología.
Más allá de los flujos financieros y comerciales, la ofensiva china ha dado un salto cualitativo al concentrarse en la adquisición y control de la infraestructura crítica de la región, un sector tradicionalmente resguardado por criterios de seguridad nacional. En lugar de limitarse a la construcción inicial de obras públicas, empresas estatales chinas han pasado a controlar directamente nodos logísticos y sistemas de servicios públicos esenciales.
En el ámbito eléctrico, conglomerados como State Grid Corporation of China y China Southern Power Grid se han apoderado de porciones vitales de la distribución y transmisión de energía en países sudamericanos: controlan una parte sustancial de la red de distribución eléctrica en Chile y adquirieron los activos filiales de grandes operadoras europeas en Perú, consolidando un control casi total del suministro eléctrico en áreas metropolitanas clave como Lima. A esto se suma el impacto geopolítico y logístico del megapuerto de Chancay en la costa del Pacífico peruano —operado por COSCO Shipping—, concebido no solo como un nodo de exportación de minerales y materias primas hacia Asia, sino como un enclave estratégico de doble uso que altera los flujos comerciales y de seguridad de todo el hemisferio. En Brasil, la State Grid opera miles de kilómetros de líneas de transmisión de alta tensión que equivalen a una porción muy significativa de la red nacional brasileña. Entre sus iniciativas figuran las gigantescas líneas de transmisión del proyecto Belo Monte, que transportan energía hidroeléctrica desde la Amazonia hasta los principales centros urbanos e industriales del país, como São Paulo y Río de Janeiro. A esto se suma el desarrollo de masivas "supercarreteras eléctricas" destinadas a conectar la generación de energía renovable del noreste con los centros de consumo.
El impacto institucional y el socavamiento a la democracia
Este despliegue combinado representa una amenaza directa para la calidad institucional. En primer lugar, la cooperación autocrática otorga un oxígeno financiero y político vital a las autocracias locales (como Venezuela, Cuba y Nicaragua), blindándolas frente a la presión regional y las sanciones democráticas. El respaldo de Pekín y Moscú funciona como un reaseguro para la supervivencia de regímenes iliberales.
En segundo lugar, la normalización de contratos sin transparencia, licitaciones direccionadas y estándares de gobernanza laxos corroe los cimientos del Estado de derecho también en las democracias. La transferencia de tecnologías de control y vigilancia masiva dota a los gobiernos de herramientas sofisticadas para debilitar la oposición y erosionar los contrapesos institucionales. Se instala así un capitalismo de Estado clientelar que desplaza la rendición de cuentas.
Conclusión e implicancias estratégicas
El dilema de fondo no se resolverá apelando a quimeras de integración regional armónica ni a respuestas conjuntas que la propia heterogeneidad del continente hace inviables, como nuestra historia lo muestra con múltiples ejemplos. El verdadero desafío para fortalecer nuestras democracias radica en superar la urgencia cortoplacista del saldo de caja y la dependencia fiscal crónica que convierten a los Estados en presa fácil del pragmatismo financiero extracontinental. Leer con agudeza el tablero global exige admitir que la soberanía no se defiende sólo con discursos en foros internacionales, sino con disciplina institucional, orden fiscal y transparencia. Si cada administración sigue hipotecando el futuro a cambio de alivio financiero inmediato, la democracia se vaciará desde adentro, reducida a una cáscara vacía incapaz de resistir el peso de los nuevos enclaves autoritarios.
Frente a este escenario, la defensa de la democracia exige recuperar con urgencia una doctrina exterior basada en la defensa de los principios republicanos y la convicción de que la apertura comercial y la integración global no pueden realizarse a costa de subastar la calidad institucional y las libertades públicas.
Fuente: www.NetNews.com.ar
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