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POLITICA 22.04.2024

Milei y el Pacto de Mayo, una evocación de la convulsa historia fundacional de Argentina

Eliseo Bottini Por Eliseo Bottini
Director de Estudios Sociales del Centro de Estudios Económicos Argentina XXI (CEEAXXI)

El llamado del presidente Javier Milei a firmar un gran acuerdo con las provincias en Córdoba para el próximo 25 de mayo, representa una ambiciosa apuesta de gobernabilidad. Llamado por el propio gobierno Pacto de Mayo, mientras algunos otros lo denominan Pacto de Córdoba, busca establecer diez puntos inquebrantables para un nuevo orden económico. 

 

Pero como todo en la historia, antes de definir un orden económico, hace falta la convalidación de un liderazgo político. Evidenciando una vez más que las decisiones políticas son la causa de la economía y no al revés.

 

Dos puntos a destacar del Pacto. El primero a tener en cuenta es que estos diez ítems no serán producto de la conversación mutua entre todos los gobernadores, sino que ya están escritos con la firma del Ejecutivo. No hay que ser muy lúcido para darse cuenta del primer escollo. La segunda cuestión, y atada a la primera, es que por eso el presidente se tomó dos meses para entablar ese diálogo que se había roto a partir de la caída de la Ley Ómnibus. Al principio, cuando escuché el anuncio del presidente en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, pensé: “¿Por qué hay que esperar dos meses para firmar ese Pacto?”.

 

Claro, fue una pregunta ingenua e impulsiva. La respuesta es fácil: necesita tiempo para convencer a indecisos o directamente a gobernadores que le plantaron la guerra sin cuartel, como el caso de La Rioja o Santiago del Estero. Pero en ese caso, pensé otra pregunta, ésta vez más atinada, pero a su vez más alarmante: “¡¿Sólo dos meses van a ser suficientes para convencer a las 24 jurisdicciones de participar del Pacto?!”.

 

Pese a estas inquietudes, que no son menores, la idea igualmente no es analizar el contenido del Pacto. Todavía hay tiempo para revisar eso. Las líneas a continuación tratarán de dilucidar el engorroso concepto histórico que tiene el poder libertario gobernante sobre el siglo XIX de Argentina. Es que el primer mandatario tiene una especie de obsesión con la historia, asumiendo que todos los hechos que lo rodean a él van a quedar impregnados en la historia como el Código de Hammurabi. Lo dicen sus propias expresiones, prediciendo hiperinflaciones “históricas”, destacándose como el primer presidente libetario de la “historia”, y por supuesto, el Pacto de Mayo, que será también “histórico”,

 

Entiendo las ganas de quedar en la memoria eterna, pero para eso no es suficiente con decirlo. No lo culpo, yo también soy un fanático aficionado a la historia, pero precisamente por eso trato de ser cauto en las definiciones. Decir que algo que está pasando hoy es “histórico” es, cuanto mucho, arrogante, y cuanto menos, ignorancia absoluta del pasado humano. Resumida esta obsesión presidencial, vamos a hacer entonces un breve viaje para observar que un Pacto para los argentinos nunca significó nada si no estaba la supremacía de las armas detrás de dicha firma.

 

Tras la Revolución del 25 de Mayo de 1810, la independencia de España no se concretó hasta la declaración del Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816 -mirá vos, ahí había otra fecha mejor y con más tiempo para negociar-. Desde entonces, la construcción de Argentina como país demandó un largo recorrido de guerras civiles durante casi todo el siglo XIX. Durante todo ese tiempo, hubo dos bandos bien definidos (aunque no tan bien definidos en un principio) que marcaron la historia, unitarios y federales. Aunque pueda sonar extraño para el lector, ambos bandos trataron de firmar acuerdos de paz para darle forma a un Estado-Nación. Lo trataron de hacer en varias ocasiones.

 

 

“a pesar de lo mítico que puede sonar un acuerdo en los papeles, nada puede lograrse sin la supremacía de la autoridad”

 

 

Pero cada pacto al que se llegaba dejaba alguna herida abierta que solía resolverse con nuevos conflictos bélicos. Para empezar, el primero de todos que aparece como uno de los pre-existentes en la constitución de 1853, es el Tratado del Pilar, firmado el 23 de febrero de 1820. Sin embargo, el de Pilar no puede entenderse sin la batalla que lo precedió 22 días antes. El 1 de febrero de 1820, la Batalla de Cepeda, en la que triunfaron los federales, fue el puntapié para ese primer pacto. Pero los federales, liderados por Entre Ríos y Santa Fe, impusieron condiciones a los unitarios de Buenos Aires.

 

Lo firmado en Pilar no gustó para nada en las filas porteñas, y entraron en un propio desastre político interno conocido como la crisis del año 20. La guerra se reanudó y recién cuando Buenos Aires aceptó la derrota, se volvió a rubricar el Tratado del Pilar, pero a través de uno nuevo, el de Benegas. Este tratado se llamó así porque la estancia en donde se reunieron era propiedad de un hacendado rosarino muy acaudalado llamado José Tiburcio Benegas. Pusieron el gancho Buenos Aires y Santa Fe el 24 de noviembre de 1820. Pero durante la década, una vez más, nada se cumplió de aquel trato.

 

Así podríamos seguir largos y tendidos durante el siglo XIX, porque esa fue la norma. Todo pacto era precedido por una batalla donde se definía algún liderazgo político, pero por las condiciones del ganador, dejaba abierta la puerta para una nueva guerra. Así, sucesivamente, durante casi 70 años, la victoria por las armas, que era la forma de legitimidad, definió el rumbo institucional del país.

 

En ese camino, por supuesto algunos pactos fueron más importantes que otros, y fueron usados varias veces como antecedente legal para concebir a la Nación y a su Constitución. Entre ellos destaca, además del de Pilar ya mencionado, el Pacto Federal de 1831, el Acuerdo de San Nicolás de 1852 o el Pacto de San José de Flores de 1859. Este último sería casi el definitivo, ya que marcó la incorporación definitiva de Buenos Aires a la Confederación Argentina.

 

Sin embargo, los conflictos no terminaron allí. En absoluto. En 1861, a dos años del Pacto de San José de Flores, un nuevo duelo debió resolver las rispideces. Fue la Batalla de Pavón, en donde la victoria fue para los porteños de Bartolomé Mitre. El triunfo de Mitre en Pavón fue la victoria del unitarismo porteño, aunque mostró mucha habilidad política para alcanzar una especie de unidad, siendo elegido presidente de una nueva entidad unificada; la República Argentina. Pero aún quedaban cosas por resolverse, como el reparto de la recaudación de la Aduana y la consecuente federalización de la ciudad de Buenos Aires. Estos temas fueron omitidos por Mitre, lo que provocó nuevos levantamientos de caudillos en el interior, aunque ninguno logró grandes éxitos.

 

Con lo narrado es suficiente. Se entiende a la perfección el carácter de la política argentina, demostrando que a pesar de lo mítico que puede sonar un acuerdo en los papeles, nada puede lograrse sin la supremacía de la autoridad, que en el siglo XIX era, en buena medida, por medio de las armas. Durante los últimos 40 años, no son las armas lo que define el liderazgo de poder, sino un cúmulo de atribuciones democráticas-republicanas, que vendrían a significar la legitimidad de las armas del siglo XIX.

 

Entre esas atribuciones del siglo XXI, el triunfo electoral es una de ellas, y es con la que sí cuenta aún el presidente Milei. Pero si no construye otras armas, el riesgo de que la legitimidad del voto se evapore en la siguiente elección es demasiado peligroso para su gobernabilidad. Y proponer que un arma alternativa sea un pacto discrecional, imponiendo condiciones a quienes no se sienten vencidos en batalla (los gobernadores, al contrario, se autoperciben ganadores en sus provincias, y con razón) es una jugada que parece no haber estudiado la historia argentina.

 

 

 

 

Fuente: www.Netnews.com.ar

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