Jueves, 17 de Enero de 2019 | 07:41

“¿Los déficits son malos y los superávits son buenos?”

Durante los últimos años, hemos escuchado y leído sobre lo preocupante del déficit comercial o en cuenta corriente. Muchos consideran que es resultado de una decisión de un país de gastar de más y que luego existe el riesgo de que no alcance el financiamiento para pagar ese compromiso; lo que derivaría en una crisis de balance de pagos. La realidad es que no funciona así y un déficit comercial o en cuenta corriente es preocupante según las circunstancias.

 

Si pensamos en nuestra familia, sólo va a poder gastar de más cuando alguien esté dispuesto a prestarle y esta es una decisión previa. Es imposible que alguien pueda gastar lo que no tiene y lo mismo ocurre con los países. Los resultados negativos en el balance comercial tienen que ver con la decisión previa de la gente e inversores de traer capitales del exterior; ya sea prestados o propios. Si estos no están disponibles o los residentes en el país no quisieran tomarlos, no habría posibilidad de importar más de lo que se exporta. O sea, a menor posibilidad de uso de recursos externos se podrá gastar más y a menor disponibilidad las erogaciones serán bajas, determinando mayor o menor posibilidad de crecimiento de la demanda interna.

Si por un incremento en la confianza en la Argentina en el mundo hubiera disponibilidad de recursos crediticios o capitales para invertir localmente, estos fondos llegarían y serían colocados en miles de negocios que, si fueron evaluados correctamente, en el futuro generarán más producción y ganancias. Por lo tanto, con la rentabilidad obtenida, que es una porción menor de la riqueza generada, aquellos que tomaron plata podrán devolverla o los extranjeros que pusieron plata propia, repatriar los dividendos. Si algún empresario no tuviera capacidad de pagar los servicios de los pasivos tomados al exterior, quebraría; pero sólo lo haría él y no aquellos que sí cumplen con sus compromisos.

El problema es cuando esa deuda la toma el Estado, que no crea riqueza, sino que la gasta. Nada garantiza que a futuro alguien vaya a producir más y, con esos recursos, se puedan afrontar los servicios de la deuda. Si por algún momento el gobierno no consigue los fondos para pagar su deuda o no la puede refinanciar, la cesación de pagos llevará a todo el país a una crisis.

Por eso, cuando se evalúa un déficit en el balance comercial o de Cuenta Corriente se debe observar primero quién es el que está tomando los fondos. Si es el sector privado productivo, es buena noticia; ya que quiere decir que hay mucha gente invirtiendo en el país, lo que implicará más desarrollo futuro. Cabe tener en cuenta que, si la inversión para un crecimiento determinado no se hace con ahorro externo, hay que hacerla sacrificando más consumo y bienestar interno. Por otro lado, las posteriores transferencias al exterior de los intereses o los dividendos suelen ser siempre una porción menor del total de la producción de riqueza generada por el capital original. O sea, la mayor parte queda para mejorar el nivel de vida de los argentinos; por lo que este tipo de déficit es bueno y ha sido lo normal en casi todos los países en el período que se desarrollaron.

El que es malo es el que financia al gobierno y que es el que lamentablemente llegó a la Argentina durante estos últimos años. Financiamiento que no fue utilizado para hacer una reforma del Estado que ajustase su estructura y así ser útil para los argentinos, y además que sea pagable con una presión tributaria razonable, sino que fue utilizado para la política. Por eso, cuando el crédito se volvió más escaso, el Estado argentino estuvo a punto de entrar en cesación de pagos. Esto no es algo novedoso; ya que, si identificamos todas y cada una de las crisis de las últimas siete décadas, todas fueron por una dirigencia que se obstinó en gastar de más y no resolver el problema ordenadamente y con el menor costo social posible. La diferencia entre las distintas debacles económicas radicó en la forma en que se financió el exceso de gasto público. Cuando no hubo crédito, se saqueó al Banco Central hasta llevarlo a la quiebra y, con él, a todo el país, como en 1989. En tanto, si fue con deuda, terminaron en una cesación de pagos como la de fines de 2001.

Tampoco hay que apurarse a decir que los superávits comerciales o en cuenta corriente son siempre buenos. Pueden ser fruto de una sociedad con un desarrollo maduro que busca ahorrar en el exterior para lograr beneficios que no son obtenibles en su país. En la medida que las empresas y personas lo hagan voluntariamente, seguramente aportará a su bienestar económico. Si es una decisión impuesta desde el gobierno por medio de políticas económicas, entonces estará generando un menor nivel de vida para su población; ya que se los obliga a consumir menos de lo que producen y quisieran.

El otro motivo por el que se pueden tener resultados positivos en el balance comercial o cuenta corriente es cuando se trata de una huida de ahorro hacia el exterior en un país en el que la percepción de riesgo es alta. Esto implica que la gente consume e invierte internamente menos de lo que se produce para hacerse de las divisas para fugar y, además, desfinancia la economía al sacar sus ahorros de la economía. Esto deriva en una recesión, como la que estamos experimentando en la actualidad y hemos pasado muchísimas veces en la Argentina. Por supuesto, este tipo de superávits no son para festejar, sino una pésima noticia; ya que implica más pobreza y menos bienestar para todos.

Es bueno tener claro que este año no tuvimos una crisis como la del 2002, o peor, simplemente porque, cuando argentinos y extranjeros decidimos no seguir financiando el despilfarro del Estado, apareció un prestamista que estuvo dispuesto a prestarle: el FMI. Los créditos que vamos a recibir no resuelven los problemas de por sí. De hecho, durante los últimos años el gobierno tuvo acceso a más de US$100.000 millones, que no utilizó para hacer una reforma de Estado, sino para mantener el problema. De hecho, a fines de 2017, el sector público en términos de la producción de riqueza del país era más grande que en 2015, cuando este gobierno lo recibió al borde de la quiebra por su gigantismo.

Se puede hacer una reforma profunda del Estado en un plazo de dos años y no es cierto que implique dejar gente sin un ingreso (ver cómo en http://www.libertadyprogresonline.org/2018/05/09/es-hora-de-encarar-las-reformas-postergadas/).

Obviamente para ello se necesitan recursos, pero durante los últimos años tuvimos una enorme cantidad de crédito voluntario disponible que, si el gobierno lo hubiera utilizado para empezar gradualmente a resolver el problema con nuestra propuesta, a principios de 2018 hubiéramos tenido un Estado que le sirviera a la gente, más eficiente y menos costoso. Con un sector público más solvente no hubiéramos llegado a bordear el abismo. Esperemos que los recursos con el FMI se utilicen para hacer lo correcto en los próximos dos años o solamente habremos postergado y agigantado la crisis.

 

Por el Lic. Aldo M. Abram, economista y Director de la Fundación “Libertad y Progreso”.

Nota publicada en la revista DESAFÍO EXPORTAR  edición  diciembre 2018. 

 

 

Fuente: www.NetNews.com.ar

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